Es curioso como hay películas que no encuentran el
entendimiento o la audiencia en el momento de su estreno. Consideren el caso de
“Silencio”, la nueva película de Martin Scorsese. Desde 1989, el maestro
italo-americano tenía el sueño de adaptar la novela del escritor japonés católico
Shusaku Endo, publicada en 1966 (una primera adaptación se filmó en Japón en
1971). Fue en el 2007 cuando escuché por vez primera del proyecto y me
emocionaba el concepto y el reparto anunciado: dos jóvenes sacerdotes jesuitas
portugueses—Sebastiao Rodriguez y Francisco Garrpe—viajan a Japón a principios
del siglo XVII para averiguar que sucedió con su maestro, el prestigiado
sacerdote misionero Cristováo Ferreira, quien desapareció misteriosamente
después de la sangrienta represión de su misión. Aunque por casi cien años
misioneros católicos evangelizaron en Japón en relativa tranquilidad (la misión
evangelizadora fue iniciada por san Francisco Xavier, y se obtuvieron conversos
entre la casta nobiliaria cuando Japón todavía era un estado feudal unificado)
el gobierno de la era Meji vio a los misioneros y al cristianismo como una
posible amenaza. En parte porque creían que la mayoría de las doctrinas
cristianas poco tenían que ver con Japón y los japoneses, pero principalmente
porque consideraban a los misioneros como agentes de los poderes imperiales
(Portugal, España, Holanda e Inglaterra) que buscaban entrar a Japón. Como
resultado, miles de japoneses cristianos fueron ejecutados (principalmente
incendiados, crucificados y ahogados). Es en este contexto en el que los padres
Rodriguez y Garrpe llegan a su peligrosa misión. Cuando la película fue anunciada
en 2007, Daniel Day-Lewis iba a interpretar al padre Ferreira, mientras que
Gael García y Benicio del Toro interpretarían a Rodríguez y Garrpe. Pero le
tomó casi diez años a Scorsese conseguir financiamiento, filmando varias
películas notables y taquilleras durante ese período (“La isla siniestra” y “El
lobo de Wall Street”), pero sin que nadie se propusiera a financiar la
película, hasta que algunos productores (como el sonorense Gastón Pavlovich)
decidieron apoyarlo. El reparto original se había ocupado en otros menesteres y
ahora era conformado por Liam Neeson, Andrew Garfield y Adam Driver.
Sin embargo, una vez que Paramount entró en escena, las
cosas no terminaron bien. Su marketing de la película fue un desastre. Se fijó
una fecha de estreno el 25 de diciembre para que fuera considerada para la temporada
de premios. No se presentó poster ni tráiler hasta noviembre, porque Scorsese
apenas estaba terminando de editar la película, con su editora colaboradora de
toda la vida, Thelma Schoonmaker. La película fracaso en taquilla y nadie se
acordó de ella en la temporada de premios.
¿Por qué me detengo tanto en los mundanos aspectos de
marketing, premios y taquilla? Porque quiero señalar que el negocio del cine
(porque eso es, antes que nada: un negocio) rige la suerte de muchas películas
y esto es triste, porque “Silencio” es una de las mejores películas del año, y
una de las mejores de Scorsese, a quien consideró el mejor director activo, y
el más logrado de su legendaria generación. El dominio que tiene Scorsese del
lenguaje cinematográfico duramente tiene par, pero cuando utiliza sus
habilidades para contar una historia que trata temas complejos sobre la fe, la
divinidad, moralidad, la naturaleza del pecado—lo cual ha hecho de manera
explícita con dos películas previas, la ultra-polémica “La última tentación de
Cristo” y la película biográfica sobre el Dalai Lama, “Kundun”—estamos
presenciando a un artista que no siente desdén por su espectador. Con sus míticas
películas de mafiosos y anti-sociales (“Buenos muchachos”, “Taxi Driver”, “Toro
salvaje”, “Casino”), Scorsese siempre ha adaptado la postura de que el presenta
una historia y las posturas de sus personajes sin intentar juzgarlos de una
forma u otra, y espera que los espectadores no reaccionen de manera
visceralmente, sino que cuestionen sus propias percepciones y reacciones frente
a lo que se presenta en pantalla.
En el caso de “Silencio”, tenemos el conflicto que siente el
padre Rodrigues (Garfield) al presentir el silencio de Dios. Silencio porque no
escucha su voz cuando reza, pero también porque no sabe si Dios está presente
cuando sus fervientes ovejas (japoneses campesinos, creyentes que buscan la
posibilidad de un paraíso más allá de su vasallaje feudal y las concepciones
budistas de karma y rencarnación) son martirizadas de manera brutal. Rodrigues
es un hombre noble, poseedor de una sensibilidad (contrastada por la testarudez
y rigidez clerical de su compañero Garrpe, interpretado por Driver) que es
virtud y vicio a la vez. Cuando los cristianos (kirishitan) japoneses le
preguntan que deben hacer cuando se les orden pisar un icono religioso como
señal de renunciación de la fe (apostasía), Rodrigues les dice que lo hagan.
Pero este tipo de gestos resultan inútiles: cuando Rodrigues finalmente se
enfrenta al gran inquisidor Inoue (Issey Ogata) y sus fuerzas—representadas por
un astuto interprete (Tadanobu Asano) —se percata de que el Estado tiene menos interés
en castigar a los campesinos, y un interés más grande aún en “romperlo” moral y
espiritualmente, hacerlo renunciar de su fe para convertirse en un colaborador
del gobierno. Su lucha es reflejada por los lapsos y traiciones de Kichijiro
(Yozuke Kubokuza)
Las travesías de Garrpe y Rodrigues, y la brutal guerra
espiritual que el segundo fragua (provocado por los imperiales, pero muchas
veces también provocado por sus propias flaquezas humanas, como su arrogancia y
su deseo de igualarse, no emular, a Cristo) son el corazón de la película. Los
hermosos paisajes (filmados en Taiwán, pero efectivamente emulando la costa
japonesa y la ciudad de Nagasaki, antiguo centro del abortado cristianismo
japonés), el gran trabajo de fotografía, diseño de producción, vestuarios y la
excelente selección del reparto (los actores japoneses son excelentes, y
también se cuenta con la presencia de Ciarán Hinds como el padre provincial)
todos son encomiables, pero sin lugar a dudas son Garfield y Kobuzoka en los
que recae el peso emocional de la historia. Garfield merecía una nominación por
está película como la merecía por “Hacksaw Ridge”. Es un trabajo sobrecogedor,
que pareciese emanar de un actor que le dobla en la edad. Sus pruebas de fe son
duras de contemplar. Y Kobuzoka es calladamente desgarrador, el único
sobreviviente de una horrorosa tragedia familiar que lo ha marcado, y que ha
degradado aún más un temperamento que el mismo describe como débil (como nota
curiosa: Neeson aparece de manera prominente en los materiales publicitarios, pero su aparición en la
película es pequeña. Pero sus minutos contienen su mejor actuación en años. Es una de las
representaciones más realistas que he visto de un hombre previamente fuerte que
ahora es solo un guiñapo humano, muerto en vida).
“Silencio” dura 2 horas y cuarenta minutos, usa una buena
dosis de tomas largas y no contiene música durante la mayor parte de su
película (Scorsese emplea los sonidos de la naturaleza, en parte porque para
sintonizar con los temas, y título, de la película, y además como una muestra
de que el primer director en emplear extensivamente música de Rock en sus
bandas sonoras es capaz de ser un asceta auditivo). Pero al terminar la
película me quedé durante gran parte de los créditos, sacudido por lo que había
presenciado. La película en verdad plantea una serie de cuestionamientos que no
ofrecen respuestas en blanco y negro: el Estado japonés tiene razones válidas
para estar recelosos de la influencia extranjera; los cristianos tienen razones
por las que consideran que su fe es la Verdad y debe ser difundida; los
misioneros tienen sus razones para actuar como lo hacen; la audiencia también
puede temer y despreciar a un Estado que reprime y asesina a cristianos, como
puede ser tan receloso de los misioneros cristianos, sus intenciones y deseo de
conseguir la Gloria con el martirio…yo mismo tuve sentimientos mixtos en cada
situación. Pero ese tipo de dilemas hacen que la película sea aún más ejemplar.
Los jesuitas manejan el concepto de discernimiento (como se debe de actuar
frente a situaciones que no tienen respuestas sencillas). Cuando una obra
artística nos muestra una travesía sobre el discernimiento y espera que la audiencia
también ejerza ese discernimiento, aunque sea de manera pasiva. Por eso, cuando
se esfume el ruido de los premios, los números de taquilla y las culpabilidades
hacia la mala mercadotecnia, “Silencio” mantendrá su fuerza para todo aquel que
la busque. 10/10.

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