jueves, 2 de marzo de 2017

ESTRENO: "Silencio" ("Silence", Martin Scorsese, 2016)



Es curioso como hay películas que no encuentran el entendimiento o la audiencia en el momento de su estreno. Consideren el caso de “Silencio”, la nueva película de Martin Scorsese. Desde 1989, el maestro italo-americano tenía el sueño de adaptar la novela del escritor japonés católico Shusaku Endo, publicada en 1966 (una primera adaptación se filmó en Japón en 1971). Fue en el 2007 cuando escuché por vez primera del proyecto y me emocionaba el concepto y el reparto anunciado: dos jóvenes sacerdotes jesuitas portugueses—Sebastiao Rodriguez y Francisco Garrpe—viajan a Japón a principios del siglo XVII para averiguar que sucedió con su maestro, el prestigiado sacerdote misionero Cristováo Ferreira, quien desapareció misteriosamente después de la sangrienta represión de su misión. Aunque por casi cien años misioneros católicos evangelizaron en Japón en relativa tranquilidad (la misión evangelizadora fue iniciada por san Francisco Xavier, y se obtuvieron conversos entre la casta nobiliaria cuando Japón todavía era un estado feudal unificado) el gobierno de la era Meji vio a los misioneros y al cristianismo como una posible amenaza. En parte porque creían que la mayoría de las doctrinas cristianas poco tenían que ver con Japón y los japoneses, pero principalmente porque consideraban a los misioneros como agentes de los poderes imperiales (Portugal, España, Holanda e Inglaterra) que buscaban entrar a Japón. Como resultado, miles de japoneses cristianos fueron ejecutados (principalmente incendiados, crucificados y ahogados). Es en este contexto en el que los padres Rodriguez y Garrpe llegan a su peligrosa misión. Cuando la película fue anunciada en 2007, Daniel Day-Lewis iba a interpretar al padre Ferreira, mientras que Gael García y Benicio del Toro interpretarían a Rodríguez y Garrpe. Pero le tomó casi diez años a Scorsese conseguir financiamiento, filmando varias películas notables y taquilleras durante ese período (“La isla siniestra” y “El lobo de Wall Street”), pero sin que nadie se propusiera a financiar la película, hasta que algunos productores (como el sonorense Gastón Pavlovich) decidieron apoyarlo. El reparto original se había ocupado en otros menesteres y ahora era conformado por Liam Neeson, Andrew Garfield y Adam Driver.

Sin embargo, una vez que Paramount entró en escena, las cosas no terminaron bien. Su marketing de la película fue un desastre. Se fijó una fecha de estreno el 25 de diciembre para que fuera considerada para la temporada de premios. No se presentó poster ni tráiler hasta noviembre, porque Scorsese apenas estaba terminando de editar la película, con su editora colaboradora de toda la vida, Thelma Schoonmaker. La película fracaso en taquilla y nadie se acordó de ella en la temporada de premios.

¿Por qué me detengo tanto en los mundanos aspectos de marketing, premios y taquilla? Porque quiero señalar que el negocio del cine (porque eso es, antes que nada: un negocio) rige la suerte de muchas películas y esto es triste, porque “Silencio” es una de las mejores películas del año, y una de las mejores de Scorsese, a quien consideró el mejor director activo, y el más logrado de su legendaria generación. El dominio que tiene Scorsese del lenguaje cinematográfico duramente tiene par, pero cuando utiliza sus habilidades para contar una historia que trata temas complejos sobre la fe, la divinidad, moralidad, la naturaleza del pecado—lo cual ha hecho de manera explícita con dos películas previas, la ultra-polémica “La última tentación de Cristo” y la película biográfica sobre el Dalai Lama, “Kundun”—estamos presenciando a un artista que no siente desdén por su espectador. Con sus míticas películas de mafiosos y anti-sociales (“Buenos muchachos”, “Taxi Driver”, “Toro salvaje”, “Casino”), Scorsese siempre ha adaptado la postura de que el presenta una historia y las posturas de sus personajes sin intentar juzgarlos de una forma u otra, y espera que los espectadores no reaccionen de manera visceralmente, sino que cuestionen sus propias percepciones y reacciones frente a lo que se presenta en pantalla.

En el caso de “Silencio”, tenemos el conflicto que siente el padre Rodrigues (Garfield) al presentir el silencio de Dios. Silencio porque no escucha su voz cuando reza, pero también porque no sabe si Dios está presente cuando sus fervientes ovejas (japoneses campesinos, creyentes que buscan la posibilidad de un paraíso más allá de su vasallaje feudal y las concepciones budistas de karma y rencarnación) son martirizadas de manera brutal. Rodrigues es un hombre noble, poseedor de una sensibilidad (contrastada por la testarudez y rigidez clerical de su compañero Garrpe, interpretado por Driver) que es virtud y vicio a la vez. Cuando los cristianos (kirishitan) japoneses le preguntan que deben hacer cuando se les orden pisar un icono religioso como señal de renunciación de la fe (apostasía), Rodrigues les dice que lo hagan. Pero este tipo de gestos resultan inútiles: cuando Rodrigues finalmente se enfrenta al gran inquisidor Inoue (Issey Ogata) y sus fuerzas—representadas por un astuto interprete (Tadanobu Asano) —se percata de que el Estado tiene menos interés en castigar a los campesinos, y un interés más grande aún en “romperlo” moral y espiritualmente, hacerlo renunciar de su fe para convertirse en un colaborador del gobierno. Su lucha es reflejada por los lapsos y traiciones de Kichijiro (Yozuke Kubokuza)

Las travesías de Garrpe y Rodrigues, y la brutal guerra espiritual que el segundo fragua (provocado por los imperiales, pero muchas veces también provocado por sus propias flaquezas humanas, como su arrogancia y su deseo de igualarse, no emular, a Cristo) son el corazón de la película. Los hermosos paisajes (filmados en Taiwán, pero efectivamente emulando la costa japonesa y la ciudad de Nagasaki, antiguo centro del abortado cristianismo japonés), el gran trabajo de fotografía, diseño de producción, vestuarios y la excelente selección del reparto (los actores japoneses son excelentes, y también se cuenta con la presencia de Ciarán Hinds como el padre provincial) todos son encomiables, pero sin lugar a dudas son Garfield y Kobuzoka en los que recae el peso emocional de la historia. Garfield merecía una nominación por está película como la merecía por “Hacksaw Ridge”. Es un trabajo sobrecogedor, que pareciese emanar de un actor que le dobla en la edad. Sus pruebas de fe son duras de contemplar. Y Kobuzoka es calladamente desgarrador, el único sobreviviente de una horrorosa tragedia familiar que lo ha marcado, y que ha degradado aún más un temperamento que el mismo describe como débil (como nota curiosa: Neeson aparece de manera prominente en los materiales publicitarios, pero su aparición en la película es pequeña. Pero sus minutos contienen su mejor actuación en años. Es una de las representaciones más realistas que he visto de un hombre previamente fuerte que ahora es solo un guiñapo humano, muerto en vida).

“Silencio” dura 2 horas y cuarenta minutos, usa una buena dosis de tomas largas y no contiene música durante la mayor parte de su película (Scorsese emplea los sonidos de la naturaleza, en parte porque para sintonizar con los temas, y título, de la película, y además como una muestra de que el primer director en emplear extensivamente música de Rock en sus bandas sonoras es capaz de ser un asceta auditivo). Pero al terminar la película me quedé durante gran parte de los créditos, sacudido por lo que había presenciado. La película en verdad plantea una serie de cuestionamientos que no ofrecen respuestas en blanco y negro: el Estado japonés tiene razones válidas para estar recelosos de la influencia extranjera; los cristianos tienen razones por las que consideran que su fe es la Verdad y debe ser difundida; los misioneros tienen sus razones para actuar como lo hacen; la audiencia también puede temer y despreciar a un Estado que reprime y asesina a cristianos, como puede ser tan receloso de los misioneros cristianos, sus intenciones y deseo de conseguir la Gloria con el martirio…yo mismo tuve sentimientos mixtos en cada situación. Pero ese tipo de dilemas hacen que la película sea aún más ejemplar. Los jesuitas manejan el concepto de discernimiento (como se debe de actuar frente a situaciones que no tienen respuestas sencillas). Cuando una obra artística nos muestra una travesía sobre el discernimiento y espera que la audiencia también ejerza ese discernimiento, aunque sea de manera pasiva. Por eso, cuando se esfume el ruido de los premios, los números de taquilla y las culpabilidades hacia la mala mercadotecnia, “Silencio” mantendrá su fuerza para todo aquel que la busque. 10/10.

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