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viernes, 28 de diciembre de 2018

NETFLIX: Outlaw King ("El rey forajido", David McKenzie, Reino Unido, 2018)






Una de las sagas históricas más emocionantes y dignas de contarse es relatada en la película de David McKenzie, The Outlaw King (“El rey forajido”). McKenzie demostró tremendas aptitudes como director tanto de acción como de drama cotidiano en Hell or High Water, habilidades que le sirven de maravilla en esta película que recrea pasajes históricos con su dimensión humana y épica de igual manera. Sin tener un libreto tan pretencioso y preponderante como el que escribió Tyler Sheridan en su película previa, McKenzie se explaya a lo grande contando la historia de Robert Bruce, el héroe nacional más grande de Escocia, quien desafió la tiranía de Eduardo I para garantizar la independencia de su patria.

Los nobles de Escocia, tras una fallida rebelión, le rinden pleitesía y juramentos de lealtad a Eduardo I “Piernas Largas” (Stephen Dillane), quien aplica misericordia sobre sus nuevos vasallos, aunque recalca sus compromisos con rigidez y sarcasmo, además de estrenar una catapulta sobre el castillo de un noble que busca rendirse, simplemente porque pagó mucho dinero por ella. Existe una disputa por la corona escocesa entre dos miembros de una casa noble: John Comyn (Callum Mulvey) y Robert Bruce (Chris Pine). Bruce, cuyo padre (James Cosmo) es ex camarada de armas del rey, inteligente, valiente, caballeroso y viudo, y cuenta con una tensa amistad con el cobarde príncipe de Gales (Billy Howle), por lo que se le concede un beneficioso matrimonio con Elizabeth de Burgh (Florence Pugh), la hija del guardián del norte, como parte de que renuncie a sus derechos a la corona de una Escocia independiente. Bruce cumple con su parte del trato y se comporta respetuosamente con su nueva esposa, pero los altos impuestos de Eduardo y la captura y ejecución del gran líder rebelde William Wallace enfurece a la población escocesa y reinicia la rebelión. Un lamentable encuentro con Comyn le trae mas problemas a Bruce, pero el apoyo de la iglesia escocesa, su familia y muchos nobles—incluyendo a James Douglas (Aaron Taylor-Johnson), cuyos derechos nobiliarios son rechazados por Eduardo—lo llevan a su coronación como rey de Escocia, a brutales represalias por parte de Inglaterra, y a una lucha al margen del combate tradicional y que antecede las guerras de guerrillas de movimientos populares previos.

McKenzie se aparta de los moldes tradicionales de la narrativa fílmica tradicional para contar  esta historia. El rey forajido se siente como una película en donde los personajes históricos actúan como personajes de su época y de su tiempo, y al mismo tiempo se sienten como seres humanos auténticos, de carne y hueso. Pocas películas ambientadas en la Edad Media me han convencido de la autenticidad de sus personajes y de sus costumbres como lo ha hecho está película. McKenzie incluye detalles históricos que rara vez se han visto: los rituales matrimoniales y de coronación, los juramentos de caballeros (que incluyen jurar por unos cisnes vivos), la algarabía de los banquetes. La escena previamente mencionada conque inicia la película consiste de una toma larga en tracking (sin cortes aparentes) de ocho minutos en los que la cámara viaje dentro y fuera de una tienda mientras se discuten asuntos políticos, se estrena la catapulta gigante y se entabla un duelo de espadas “amistoso” entre Bruce y el Príncipe de Gales. Esto no es solamente una muestra de la habilidad técnica del director, sino que establece el mundo de la película, las relaciones de los personajes y el tono naturalista de la cinta. En muchos sentidos, la película se asemeja al Macbeth de 2015, dirigido por Justin Kurzel, tanto por su destreza visual, su elección en colores y locaciones y por su retrato vivo y carnal de una lucha por el poder. Las escenas de guerra son viscerales y cruentas, maravillosas por su dinamismo feroz. La batalla final en medio de un pantano, en particular, toma las características de un sensacional cuadro histórico.

En el centro emocional de la película, tenemos a Chris Pine en una excelente interpretación como Bruce. Astuto, enigmático, sagaz e inteligente, Pine tiene la oportunidad de interpretar a un personaje fuerte y heroico, pero muy humano. La relación con su padre y su familia, asaltada por la tragedia, es un excelente anti-reflejo de la relación disfuncional y rencorosa que existe entre el sociópata e incompetente príncipe de Gales y su tirano y maquiavélico padre (Dillane, por cierto, es maravilloso y a la par de la interpretación de Patrick McGoohan en Corazón valiente, solo que mas realista y menos villano caricaturesco). Su relación con su esposa por compromiso, Elizabeth, es muy bella y demuestra el enamoramiento progresivo y orgánico que se debía forjar durante este periodo, amor que crece tanto por el respeto que se forja entre dos personas íntegras y fuertes, como por el sentido de responsabilidad para con el reino y por el cariño hacia la pequeña hija de Bruce. Florence Pugh está cosechando buenos roles desde Lady Macbeth el año pasado, y continúa con su éxitos en este papel tan conmovedor, en especial cuando Elizabeth cae en manos del enemigo y debe enfrentarse a una serie de decisiones que la ponen al límite de la devastación (y dentro de una jaula que no solo es metafórica). Aaron Taylor-Johnson es el personaje que se roba cámara con su personaje cuasi-maniático, aunque no es una figura unidimensional del guerrero vengativo y atolondrado, sino un hombre cuyo nombre y familia querida han sido rutinariamente insultados y debe de limpiar su honra con el filo de la espada.

Aunque es maravilloso tener una película como El rey forajido disponible en Netflix de manera global, lamento que no haya sido estrenada en el cine, porque es una película digna de la pantalla grande como pocas la son. Desde el punto de vista de la veracidad histórica, es superior a Corazón Valiente, y aunque considero a está última película como una de las últimas grandes películas épicas del estilo clásico y una cinta muy entretenida, El rey forajido es mejor cinta en muchos sentidos, en particular porque centra su mundo moral en la relación que existe entre familia y tierra-país, más que en el abstracto concepto muy moderno de la “libertad”. Como sea, El rey forajido es una de las mejores películas que Netflix ha distribuido y de mis favoritas del 2018. Altamente recomendada.

lunes, 3 de septiembre de 2018

ESTRENOS: La 4ta Compañía (Dir. Mitzi Vanessa Arreola y Armín Galván Cervera, México, 2018)



Filmada en 2015, estrenada en festivales en 2016, supuestamente lista para estrenarse es 2017, es gracias a Netflix que finalmente se estrena "La Cuarta Compañía", drama carcelario basado en escabrosos hechos reales de las crudas páginas de la política judicial mexicana. Ambientada hacia finales del sexenio de López Portillo y principios del sexenio de De la Madrid, la película retrata la vida y obra de "La Cuarta Compañía", un grupo de reos que servían como el escuadrón extra-judicial de la administración de la penitenciaría de Santa Martha Acatitla en la Ciudad de México. La Compañía también cometía atracos de bancos y automóviles bajo las ordenes del temible General "El Negro" Durazo (interpretado, con un parecido de miedo, por Josepho Rodríguez), director de Policía y Tránsito, y gozaba de privilegios inauditos, como la administración de un casino dentro de la penitenciaría y fiestas en la vecina cárcel de mujeres. Apoyados por el director de la penitenciaría, el General Antolín, y dos miembros importantes de la administración carcelaria, el coronel Chaparro (el maravilloso Manuel Ojeda, uno de mis actores favoritos, brillante como siempre) y el licenciado "Florecita" (Darío T. Pie, una revelación), la Cuarta Compañía también estaba componía el equipo de futbol americano de la cárcel, "Los perros", que sirvieron como instrumento de propaganda política como seña de que el uso de los deportes en la penitenciaría era señal de readaptación social.
Al principio, la película se focaliza a través de la perspectiva de Zambrano (Adrián Ladrón), un joven que por circunstancias adversas terminó convirtiéndose en ladrón experto en automóviles. Una vez trasladado a Santa Martha, trata de unirse al equipo de los Perros, pero debe pasar por duras pruebas, torturas monstruosas típicas de las cárceles nacionales y muchos otros conflictos. La perspectiva de Zambrano se diluye y ocurren una serie de elementos narrativos de naturaleza muy elíptica (un mal narrativo que aqueja mucho al cine mexicano desde hace décadas) que causan confusión y que deben de ser interpretados tomando en cuenta mucho contexto histórico. Sin embargo y a pesar de esta falla estructural, la película es un retrato vivo y realista (y no excesivamente, crudo) de uno de los períodos más desagradables y tragicómicos de la historia mexicana moderna. El reino de terror de las corporaciones policiacas encuentra su reflejo en el grupo de criminales de la Compañía. Guerrilleros, pandilleros, asesinos, ladrones y hombres auto-proclamados inocentes de toda culpa son retratados con simpatía, siendo los mejores Palafox (Hernán Mendoza) y Quinto (Gabino Rodríguez), así como Don Burrero (Raymundo Reyes Moreno), un anciano que lleva 48 años en cárcel y que carga con todo el peso de su condena.
De la ola de películas basadas en hechos criminales reales que van de la década, "La Cuarta Compañía" se encuentra entre las mejores. La recreación del espacio carcelario y de la época es efectiva, además de que hay escenas muy bien logradas, como la recreación del legendario escape por helicóptero del prisionero estadounidense David Kaplan. Las escenas de tensión entre los criminales y los inevitables saldos de cuenta, elemento importante para las películas de crimen organizado, son bastante efectivas.
Quizás no es un gran misterio el hecho de que, aún en tiempos de la "alternancia" y el nuevo PRI, "La Cuarta Compañía" no haya sido estrenado en cine como se tenía planeado y como merecía. Sin embargo, salió mejor para todos el tener acceso directo y más general en Netflix, para que todos conozcan las crudas verdades del bajo mundo judicial.

sábado, 1 de septiembre de 2018

ESTRENO: Alfa (Alpha, Albert Hughes, 2018, EUA)




"Alfa" cuenta la historia de Keda, el joven e inexperto hijo de Tau, líder de una tribu en la Europa paleolítica, hace 20,000 años. Durante su primer excursión de casa, Keda es lanzado por un acantilado por un bisón herido y su padre y los miembros de la tribu piensan que ha muerto. Sin embargo, Keda está vivo, pero con un pie roto. Es perseguido por una manada de lobos y hiere a uno de ellos con su puñal. Cuando los lobos se van y él tiene oportunidad de seguir su camino, se compadece del lobo herido y se lo lleva consigo. Con el paso de los días, el lobo herido y el muchacho de pie roto poco a poco comienzan a crear una relación de beneficio mutuo y a forjar lo que terminará siendo la primer relación entre hombre y lobo, predecesora de la relación de hombre y perro.

Alfa es una película de aventura pura, ambientada en una época desaprovechada de la narrativa fílmica. Eso en sí le daría un valor especial. Pero además, tiene una temática fascinante contada con sutileza, madurez y una combinación perfecta de rudeza y sentimiento. Albert Hughes se explaya visualmente con esta cinta, recreando un mundo natural ya perdido, equilibrando la belleza de la tierra con la crueldad impune de la naturaleza y de las relaciones depredador-presa por la que pasan animales y hombres. Este equilibrio se refleja en su representación de las tribus paleolíticas, que aunque diferentes al hombre moderno dado su naturaleza más ruda y agreste, tienen ya las características de unidad familiar, responsabilidad comunitaria, valor y afecto. El sistema religiosa y tribal es obviamente especulativo, pero tiene la verosimilitud necesaria.

La película más que nada refleja la amistad entre Keda y su compañero, Alfa, y esa es la razón principal por la que vale para ver la película. La amistad entre hombre y perro es una con la que muchos nos identificamos y que siempre nos emociona ver en pantalla. Esta película nos ofrece una representación de un evento posible, la historia épica del origen de ese lazo tan fuerte que ha perdurado por miles y miles de años.

"Alfa" es otra mas de esas películas que me gustaría ver con frecuencia en el cine: películas de aventuras de lugares y tiempos desconocidos, pero que cuentan cosas que resuenan con nuestra experiencia. Y verla en el cine lo amerita. Véanla, y ojala pudieran contrabandear a sus amigos canes para que los abracen durante la cinta.

NOTA: Yo la vi en español, porque solamente ese horario estaba disponible en el cine de mi casa, pero en inglés el idioma que usan uno ficticio. Me perdí de ver eso, pero se los menciono para que sepan que el lenguaje de los personajes no es uno moderno, y los diálogos son tan básicos como debieron haber sido las conversaciones de esas personas, así que el idioma aquí es irrelevante, creo yo.

jueves, 15 de marzo de 2018

The Death of Stalin ("La muerte de Stalin", Armand Ianucci, 2017, Reino Unido)





El totalitarismo por naturaleza se presta a la comedia del absurdo. En un sistema autocrático, la realidad se ajusta a la voluntad del dictador y su régimen, por lo que la alteración de la historia, los protocolos represores, la construcción de una sociedad de delatores y la tensión diaria y constante de cometer alguna falta, por pequeña y absurda que parezca, que le cueste la vida o la libertad al "infractor" son elementos que han sido explorados y explotados por escritores y comediantes desde la antigüedad hasta nuestros días. El régimen soviético bajo Stalin es, quizás, el más efectivo y característico de este tipo de sistema autocrático, sembrador de paranoia y manipulador de realidades. Armando Ianucci, el brillante libretista de la comedia política actual, gracias a las series The Thick of It and Veep, y la película In the Loop, recrea las convulsiones políticas que acontecieron tras la muerte del Hombre de Hierro en su brillante película La muerte de Stalin, una de las mejores comedias de la década.

Es 1953 y gracias al siniestro jefe de la policía secreta, Lavrenti Beria (Simon Russell Beale) y a una atmosfera de paranoia constante, Stalin (Adrian McLoughin) domina las vidas y voluntades de toda la Unión Soviética. Los principales miembros de la junta directiva del partido (o Politburó) en ese momento son Beria, el secretario del partido comunista Nikita Khrushchev  (Steve Buscemi), el asistente director del comité Georgy Malenkov (Jeffrey Tambor) y el secretario de relaciones extranjeras Vyacheslav Molotov (Michael Palin). Estos hombres mantienen una relación de servilismo hacia el dictador, quien, por sus pistolas, los reúne en juntas a altas horas de la madrugada en su dacha (casa de campo) y prácticamente les ordena a que se queden a ver una película de vaqueros, aun cuando estén cabeceándose y el mismo Stalin este trabajando en su oficina. Khrushchev , como ritual de todas las noches, le cuenta a su esposa cuales fueron los mejores chistes que divirtieron a Stalin, para saber que decir o que omitir en próximas reuniones.

Stalin sufre una hemorragia cerebral tras leer una nota de la pianista Maria Yudina (Olga Kurylenko), quien lo condena por sus crímenes y traición a Rusia. El Politburó, a través de una acrobacia mental impresionante, dilata en atender medicamente a su líder, esperando su próxima muerte. El hecho de que los mejores doctores de Rusia actualmente se encuentren en los gulags debido a un supuesto complot por parte de la comunidad médica facilita las cosas. Ni tardos ni perezosos, los líderes rusos comienzan sus maquinaciones politicas. Beria cancela la última lista de la purga estalinista y establece nuevas reformas, para furia del auténtico "reformador", Khrushchev , quien ahora debe convencer a sus compañeros del Politburó de apoyarlo a él para destruir la influencia del sádico Beria. Malenkov, por su parte, asume la presidencia del Politburo y se convierte en títere de Beria, ya que es un hombre incompetente, vanidoso, neurótico y torpe en todos los aspectos, más preocupado en conseguir la mejor ropa para los eventos y fotografías oficiales, o en encontrar a una niña que apareció con Stalin durante un evento público hace años para así demostrar "continuidad". Mientras tanto, los hijos de Stalin, la devota y sobria Svetlana (Andrea Riseborough) y el paranoico, tonto y alcohólico Vasily (Rupert Friend), son reconfortados o controlados por los demás hombres. Y todo esto acontece antes de la llegada del mariscal Zhukov (Jason Isaacs), el líder el Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial, osado y lleno de confianza en sí mismo, y ansioso por pelear con quien sea.

Ianucci comprime una serie de eventos que acontecieron a lo largo de unos meses, haciendo que la acción narrativa suceda en cuestión de días. Esto no es solo una libertad dramática, pero un recurso que formaliza a La muerte de Stalin como una comedia de errores, una farsa hilarante. Los políticos soviéticos traman y maniobran con rapidez y agilidad, pero con mucha torpeza de por medio. Ianucci es un maestro de la sátira política principalmente porque desnuda los protocolos y los maquillajes institucionales para demostrar cómo el mundo de la política es como cualquier otro ambiente de competencia laboral, con seres humanos repletos de vicios y mezquindades, deseosos de alcanzar el poder para salvaguardar intereses, sin importarles el destino de la ciudadanía. Los diálogos de Ianucci son celebres porque son brutales, ásperos, concisos e hilarantes. Sus personajes son artistas de la grosería, pues espetan frases tajantes que son puntualizadas con creativos insultos o usos certeros de las palabras altisonantes. 

El mundo del autoritarismo soviético es un mundo carnavalesco. Bajtín, víctima de Stalin, debió tener muy presente a Stalin y compañía cuando formalizo sus teorías. Ianucci hace una representación perfecta de esta sociedad terrorífica. No minimiza las ejecuciones en masa, ni los arrestos colectivos, ni la alteración de la historia, ni la represión de la libertad individual y colectiva: hay tintes de humor macabro en estos momentos, pero estos son tratados con el debido respeto. Pero la violencia y la opresión son parte del mundo bufonesco que se ha construido en esta sociedad. La muerte de Stalin demuestra un brillante trabajo de transliteración: para empezar, los actores (ingleses y estadounidenses) no adoptan acentos rusos, sino que preservan sus acentos nativos (o, en el caso de Isaacs, adopta la variante regional de Yorkshire para su personaje) y esto contribuye a la misma construcción de sus personajes: el acento neoyorkino en Buscemi apoya su caracterización de Khrushchev  como un astuto manipulador que sabe improvisar ante las circunstancias, y ese mismo acento le da a Tambor su característica personalidad de neurótico intransigente, de un hombre que quiere dominar, pero siempre se encuentra a punto de desmoronarse. La transliteración de la película también acerca más al espectador a los eventos de la película y a la psicología de los personajes: sus diálogos, de carácter británico-americano contemporáneo, no solo son la principal herramienta humorística, sino que posibilitan un mejor entendimiento del momento histórico que muchas películas de época más "serias". La muerte de Stalin es, entonces, reconstrucción de una época, sátira política y parodia del drama histórico moderno.

La película es una joya de la comedia. Existen demasiados ejemplos para mencionar, pero vale la pena señalar ciertos elementos específicos: el elemento Pythonesco de la película es reforzado por la presencia del maravilloso Michael Palin, como el veterano Molotov, quien ha adquirido una cobardía pragmática frente a Stalin, al grado que sigue creyendo que su esposa es una traidora al régimen, a pesar de las aclaraciones de Beria y Khrushchev ; Palin también emite un monologo que es un brillante ejemplo del "doblepensar" que Orwell señaló como marca esencial del totalitarismo en muchas de sus obras, incluyendo 1984. Los artilugios de Buscemi como Khrushchev  incluyen truncos intentos de cambiar de posición con Malenkov mientras velan a Stalin, pretendiendo que es parte de la ceremonia, una buena representación del humor carnavalesco y desacralizado de la película; otros secretarios del Politburó hacen piruetas similares y una buena parte del humor es como las amenazas explícitas de asesinato en ocasiones tratan de taparse como si fuesen sencillos reclamos entre "camaradas".

La muerte de Stalin es la comedia más completa que he visto de 2017, y de muchos años previos. El lado oscuro del mundo representado en la cinta siempre está presente, y el final de la trama es un momento macabro y aterrador que culmina en súplicas tremendas y ejecuciones sumarias. Pero aún ese momento final es una extensión natural de la comedia del estalinismo que Ianucci y sus actores han representado brillantemente. En los tiempos actuales somos testigos diarios de un circo-carnaval con tintes autoritarios que lo mismo ultraja que causa risa o incredulidad. La muerte de Stalin no es entonces solo una comedia negra, sino un espejo hacia al pesado con chistes contados entre balas y desapariciones.





jueves, 4 de mayo de 2017

NETFLIX; "The Childhood of A Leader" ("La niñez de un líder", Brady Corbet, 2016)



Una de las películas más impactantes del año pasado (y una de las que más se ha incrustado en mi mente) se encuentra disponible en Netflix. "La niñez de un líder" ("The Childhood of A Leader") hizo sus rondas en algunos festivales de cine y pasó desapercibida en los cines antes de entrar a la colección de Netflix, donde merece ser descubierta y vista. Categorizada como una película de terror, pertenece más bien a un estilo de película dramática donde la música (trompetas y violines que chillan, rugen como engranes, que parecen anunciar perdición y muerte) y la fotografía (voyeurística, inquietamente nerviosa, a veces al borde del vértigo) son los elementos que le dan la sensación de pavor e inquietud. "Taxi Driver" y "There Will Be Blood" pertenecen a esta tradición, y "La niñez de un líder" es una digna adición a este corpus.

"La niñez de un líder" está dividida en cuatro actos y relata la infancia de un futuro dictador autoritario/fascista que ha de surgir después de la Primera Guerra Mundial. No es Hitler, Mussolini, Franco o Stalin, pero al mismo tiempo es todos ellos. Se trata de Prescott (Tom Sweet) un pequeño de largos cabellos y actitud silenciosa, hijo de un diplomático estadounidense (Liam Cunningham, con acento americano) y la hija de un misionero alemán (Bérénice Bejo, muy diferente a su papel encantador en "El artista"). Los padres sin nombre son una pareja respetable, pero algo anda mal. Él es el Padre Terrible, la figura distante y adusta, que tiene un trato más calido con su amigo periodista, Charles Marker (Robert Pattinson, amable y misterioso) que con su pequeño, a quien trata de la manera tradicional: poco, y esperando respetando en vez de amor. La madre es una mjuer devota que tiene una relación más estrecha con su hijo, pero deseos y planes reprimidios afectan su actitud. Han llegado a un pueblo francés que parece no haber sido afectado por la guerra y viven en una gigantesca casa. El padre es parte del cuerpo diplomático estadounidense que participa de manera activa en la creación de los Tratados de Versalles que han de crear un nuevo orden europeo y, según los deseos redentores de los estadounidenses, un "mundo mejor". Pero esta trama y esta ambientación que evocan elegancia y dignidad son el envoltorio de una herida que amenaza con ser gangrena. Hay algo de malsano en el niño, en los padres y en este siglo.

La película inicia con un tema principal escalofríante que acompaña imagenes de la Primera Guerra: soldados en marcha o atrincherados, bombardeos, mujeres y niños desolados, llorando. La historia de Prescott esta enmarcada dentro de este mundo caótico, donde el cadaver del siglo XIX da luz a un siglo XX cuyos estragos serán mayores. A diferencia de los dictadores que surgirán de este periodo, Prescott es un niño y además, como estadounidense e hijo de un hombre "de bien", está mas alejado de la situación de los europeos. Pero aún así desarrolla habilidades de manipulación temibles, y su inteligencia y sadismo latente se ponen de manifiesto en tres de los cuatro actos de la película, titulos, por ejemplo "El primer berrinche". Sus berrinches no distan mucho de los de un niño travieso común y corriente, pero dentro de su contexto familiar y social, son semillas para un futuro reino de terror. Su manipulación se extiende hacia dos de sus ayas: la ama de llaves que lo adora y alcahuetea (Yolanda Moreau) y de la hermosa joven que funge como su tutora de francés (Stacy Martin, una bella revelación). Estos dos personajes quieren al precioso niño y buscan lo mejor para él, pero terminan siendo fichas en un juego de poder entre el niño y sus padres.

"La niñez de un líder" es una película que esconde más de lo que muestra, pero entre más se piensa sobre sus posibles significados, más desoladora se percibe. Hermosamente fotografiada por Lol Crawley y musicalizada por Scott Walker (sus composiciones son la base que sostiene a toda la película), es increíble pensar que es el debut de Brady Corbet, un actor estadounidense que ha trabajado más en Europa que en su país natal. Parece la película de un veterano, y más que película parece una novela en donde la ambiguedad entre líneas reina de manera suprema. Detallitos insignificantes adquieren matices ambiguos; las acciones y declaraciones de los personajes parecen tener doble sentido o una intención traicionera; el intento por brindar estabilidad mundial se concentra en formar fronteras nacionales que terminarán siendo arbitrarias. El mundo adulto resultara un fracaso y, en un momento cumbre, el antes devoto Prescott salta sobre una silla y grita varias veces "¡Ya no creo en la oración!"

El final es la consecuencia de este mundo y de esa casa. Ciertas imagenes aparecen en una escena de sueño de Prescott, como visiones del futuro. Pero la realidad supera hasta las pesadillas. No conocemos que le sucede a Prescott en los años posteriores a los de las viñetas presentadas en la película, pero su historia, al final de cuentas, puede ser llenada con los datos biográficos de muchos de los tiranos más crueles del siglo XX. Aunque filmada en 2015, ni el mismo Corbet pudo predecir que la película adquiría dimensiones adicionales perturbadoras. Hay nuevos Prescotts en la política internacional en pleno siglo XXI. La película nos advierte: esto comienza en su propia casa y en su propia familia. Y eso, más que cualquier asesino, fantasma o demonio, es causa de terror puro. 10/10.

jueves, 2 de marzo de 2017

ESTRENO: "Silencio" ("Silence", Martin Scorsese, 2016)



Es curioso como hay películas que no encuentran el entendimiento o la audiencia en el momento de su estreno. Consideren el caso de “Silencio”, la nueva película de Martin Scorsese. Desde 1989, el maestro italo-americano tenía el sueño de adaptar la novela del escritor japonés católico Shusaku Endo, publicada en 1966 (una primera adaptación se filmó en Japón en 1971). Fue en el 2007 cuando escuché por vez primera del proyecto y me emocionaba el concepto y el reparto anunciado: dos jóvenes sacerdotes jesuitas portugueses—Sebastiao Rodriguez y Francisco Garrpe—viajan a Japón a principios del siglo XVII para averiguar que sucedió con su maestro, el prestigiado sacerdote misionero Cristováo Ferreira, quien desapareció misteriosamente después de la sangrienta represión de su misión. Aunque por casi cien años misioneros católicos evangelizaron en Japón en relativa tranquilidad (la misión evangelizadora fue iniciada por san Francisco Xavier, y se obtuvieron conversos entre la casta nobiliaria cuando Japón todavía era un estado feudal unificado) el gobierno de la era Meji vio a los misioneros y al cristianismo como una posible amenaza. En parte porque creían que la mayoría de las doctrinas cristianas poco tenían que ver con Japón y los japoneses, pero principalmente porque consideraban a los misioneros como agentes de los poderes imperiales (Portugal, España, Holanda e Inglaterra) que buscaban entrar a Japón. Como resultado, miles de japoneses cristianos fueron ejecutados (principalmente incendiados, crucificados y ahogados). Es en este contexto en el que los padres Rodriguez y Garrpe llegan a su peligrosa misión. Cuando la película fue anunciada en 2007, Daniel Day-Lewis iba a interpretar al padre Ferreira, mientras que Gael García y Benicio del Toro interpretarían a Rodríguez y Garrpe. Pero le tomó casi diez años a Scorsese conseguir financiamiento, filmando varias películas notables y taquilleras durante ese período (“La isla siniestra” y “El lobo de Wall Street”), pero sin que nadie se propusiera a financiar la película, hasta que algunos productores (como el sonorense Gastón Pavlovich) decidieron apoyarlo. El reparto original se había ocupado en otros menesteres y ahora era conformado por Liam Neeson, Andrew Garfield y Adam Driver.

Sin embargo, una vez que Paramount entró en escena, las cosas no terminaron bien. Su marketing de la película fue un desastre. Se fijó una fecha de estreno el 25 de diciembre para que fuera considerada para la temporada de premios. No se presentó poster ni tráiler hasta noviembre, porque Scorsese apenas estaba terminando de editar la película, con su editora colaboradora de toda la vida, Thelma Schoonmaker. La película fracaso en taquilla y nadie se acordó de ella en la temporada de premios.

¿Por qué me detengo tanto en los mundanos aspectos de marketing, premios y taquilla? Porque quiero señalar que el negocio del cine (porque eso es, antes que nada: un negocio) rige la suerte de muchas películas y esto es triste, porque “Silencio” es una de las mejores películas del año, y una de las mejores de Scorsese, a quien consideró el mejor director activo, y el más logrado de su legendaria generación. El dominio que tiene Scorsese del lenguaje cinematográfico duramente tiene par, pero cuando utiliza sus habilidades para contar una historia que trata temas complejos sobre la fe, la divinidad, moralidad, la naturaleza del pecado—lo cual ha hecho de manera explícita con dos películas previas, la ultra-polémica “La última tentación de Cristo” y la película biográfica sobre el Dalai Lama, “Kundun”—estamos presenciando a un artista que no siente desdén por su espectador. Con sus míticas películas de mafiosos y anti-sociales (“Buenos muchachos”, “Taxi Driver”, “Toro salvaje”, “Casino”), Scorsese siempre ha adaptado la postura de que el presenta una historia y las posturas de sus personajes sin intentar juzgarlos de una forma u otra, y espera que los espectadores no reaccionen de manera visceralmente, sino que cuestionen sus propias percepciones y reacciones frente a lo que se presenta en pantalla.

En el caso de “Silencio”, tenemos el conflicto que siente el padre Rodrigues (Garfield) al presentir el silencio de Dios. Silencio porque no escucha su voz cuando reza, pero también porque no sabe si Dios está presente cuando sus fervientes ovejas (japoneses campesinos, creyentes que buscan la posibilidad de un paraíso más allá de su vasallaje feudal y las concepciones budistas de karma y rencarnación) son martirizadas de manera brutal. Rodrigues es un hombre noble, poseedor de una sensibilidad (contrastada por la testarudez y rigidez clerical de su compañero Garrpe, interpretado por Driver) que es virtud y vicio a la vez. Cuando los cristianos (kirishitan) japoneses le preguntan que deben hacer cuando se les orden pisar un icono religioso como señal de renunciación de la fe (apostasía), Rodrigues les dice que lo hagan. Pero este tipo de gestos resultan inútiles: cuando Rodrigues finalmente se enfrenta al gran inquisidor Inoue (Issey Ogata) y sus fuerzas—representadas por un astuto interprete (Tadanobu Asano) —se percata de que el Estado tiene menos interés en castigar a los campesinos, y un interés más grande aún en “romperlo” moral y espiritualmente, hacerlo renunciar de su fe para convertirse en un colaborador del gobierno. Su lucha es reflejada por los lapsos y traiciones de Kichijiro (Yozuke Kubokuza)

Las travesías de Garrpe y Rodrigues, y la brutal guerra espiritual que el segundo fragua (provocado por los imperiales, pero muchas veces también provocado por sus propias flaquezas humanas, como su arrogancia y su deseo de igualarse, no emular, a Cristo) son el corazón de la película. Los hermosos paisajes (filmados en Taiwán, pero efectivamente emulando la costa japonesa y la ciudad de Nagasaki, antiguo centro del abortado cristianismo japonés), el gran trabajo de fotografía, diseño de producción, vestuarios y la excelente selección del reparto (los actores japoneses son excelentes, y también se cuenta con la presencia de Ciarán Hinds como el padre provincial) todos son encomiables, pero sin lugar a dudas son Garfield y Kobuzoka en los que recae el peso emocional de la historia. Garfield merecía una nominación por está película como la merecía por “Hacksaw Ridge”. Es un trabajo sobrecogedor, que pareciese emanar de un actor que le dobla en la edad. Sus pruebas de fe son duras de contemplar. Y Kobuzoka es calladamente desgarrador, el único sobreviviente de una horrorosa tragedia familiar que lo ha marcado, y que ha degradado aún más un temperamento que el mismo describe como débil (como nota curiosa: Neeson aparece de manera prominente en los materiales publicitarios, pero su aparición en la película es pequeña. Pero sus minutos contienen su mejor actuación en años. Es una de las representaciones más realistas que he visto de un hombre previamente fuerte que ahora es solo un guiñapo humano, muerto en vida).

“Silencio” dura 2 horas y cuarenta minutos, usa una buena dosis de tomas largas y no contiene música durante la mayor parte de su película (Scorsese emplea los sonidos de la naturaleza, en parte porque para sintonizar con los temas, y título, de la película, y además como una muestra de que el primer director en emplear extensivamente música de Rock en sus bandas sonoras es capaz de ser un asceta auditivo). Pero al terminar la película me quedé durante gran parte de los créditos, sacudido por lo que había presenciado. La película en verdad plantea una serie de cuestionamientos que no ofrecen respuestas en blanco y negro: el Estado japonés tiene razones válidas para estar recelosos de la influencia extranjera; los cristianos tienen razones por las que consideran que su fe es la Verdad y debe ser difundida; los misioneros tienen sus razones para actuar como lo hacen; la audiencia también puede temer y despreciar a un Estado que reprime y asesina a cristianos, como puede ser tan receloso de los misioneros cristianos, sus intenciones y deseo de conseguir la Gloria con el martirio…yo mismo tuve sentimientos mixtos en cada situación. Pero ese tipo de dilemas hacen que la película sea aún más ejemplar. Los jesuitas manejan el concepto de discernimiento (como se debe de actuar frente a situaciones que no tienen respuestas sencillas). Cuando una obra artística nos muestra una travesía sobre el discernimiento y espera que la audiencia también ejerza ese discernimiento, aunque sea de manera pasiva. Por eso, cuando se esfume el ruido de los premios, los números de taquilla y las culpabilidades hacia la mala mercadotecnia, “Silencio” mantendrá su fuerza para todo aquel que la busque. 10/10.