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lunes, 3 de septiembre de 2018

ESTRENOS: La 4ta Compañía (Dir. Mitzi Vanessa Arreola y Armín Galván Cervera, México, 2018)



Filmada en 2015, estrenada en festivales en 2016, supuestamente lista para estrenarse es 2017, es gracias a Netflix que finalmente se estrena "La Cuarta Compañía", drama carcelario basado en escabrosos hechos reales de las crudas páginas de la política judicial mexicana. Ambientada hacia finales del sexenio de López Portillo y principios del sexenio de De la Madrid, la película retrata la vida y obra de "La Cuarta Compañía", un grupo de reos que servían como el escuadrón extra-judicial de la administración de la penitenciaría de Santa Martha Acatitla en la Ciudad de México. La Compañía también cometía atracos de bancos y automóviles bajo las ordenes del temible General "El Negro" Durazo (interpretado, con un parecido de miedo, por Josepho Rodríguez), director de Policía y Tránsito, y gozaba de privilegios inauditos, como la administración de un casino dentro de la penitenciaría y fiestas en la vecina cárcel de mujeres. Apoyados por el director de la penitenciaría, el General Antolín, y dos miembros importantes de la administración carcelaria, el coronel Chaparro (el maravilloso Manuel Ojeda, uno de mis actores favoritos, brillante como siempre) y el licenciado "Florecita" (Darío T. Pie, una revelación), la Cuarta Compañía también estaba componía el equipo de futbol americano de la cárcel, "Los perros", que sirvieron como instrumento de propaganda política como seña de que el uso de los deportes en la penitenciaría era señal de readaptación social.
Al principio, la película se focaliza a través de la perspectiva de Zambrano (Adrián Ladrón), un joven que por circunstancias adversas terminó convirtiéndose en ladrón experto en automóviles. Una vez trasladado a Santa Martha, trata de unirse al equipo de los Perros, pero debe pasar por duras pruebas, torturas monstruosas típicas de las cárceles nacionales y muchos otros conflictos. La perspectiva de Zambrano se diluye y ocurren una serie de elementos narrativos de naturaleza muy elíptica (un mal narrativo que aqueja mucho al cine mexicano desde hace décadas) que causan confusión y que deben de ser interpretados tomando en cuenta mucho contexto histórico. Sin embargo y a pesar de esta falla estructural, la película es un retrato vivo y realista (y no excesivamente, crudo) de uno de los períodos más desagradables y tragicómicos de la historia mexicana moderna. El reino de terror de las corporaciones policiacas encuentra su reflejo en el grupo de criminales de la Compañía. Guerrilleros, pandilleros, asesinos, ladrones y hombres auto-proclamados inocentes de toda culpa son retratados con simpatía, siendo los mejores Palafox (Hernán Mendoza) y Quinto (Gabino Rodríguez), así como Don Burrero (Raymundo Reyes Moreno), un anciano que lleva 48 años en cárcel y que carga con todo el peso de su condena.
De la ola de películas basadas en hechos criminales reales que van de la década, "La Cuarta Compañía" se encuentra entre las mejores. La recreación del espacio carcelario y de la época es efectiva, además de que hay escenas muy bien logradas, como la recreación del legendario escape por helicóptero del prisionero estadounidense David Kaplan. Las escenas de tensión entre los criminales y los inevitables saldos de cuenta, elemento importante para las películas de crimen organizado, son bastante efectivas.
Quizás no es un gran misterio el hecho de que, aún en tiempos de la "alternancia" y el nuevo PRI, "La Cuarta Compañía" no haya sido estrenado en cine como se tenía planeado y como merecía. Sin embargo, salió mejor para todos el tener acceso directo y más general en Netflix, para que todos conozcan las crudas verdades del bajo mundo judicial.

martes, 30 de mayo de 2017

Tres películas de 2016 para ver en Netflix (1)


Tres excelentes películas estrenadas en 2016 para ver en Netflix. Las tres películas son de 10.

1. La delgada línea amarilla (2016). Película debut de Celso R. García, La delgada línea amarilla es una maravillosa película mexicana que demuestra que hay muchas historias que contar sobre las personas trabajadoras del país. Es la historia de don Antonio (Demian Alcazar), un ex-jefe de obras de carreteras que durante los últimos 20 años ha fungido como velador de un lote de chatarra. Cuando sus jefes lo reemplazan con un perro, don Antonio una vez más se encuentra en la deriva, hasta que se reencuentra con un ingeniero (Fernando Becerril) con el que había trabajado décadas atrás. El ingeniero lo contrata como capataz para pintar las líneas en más de 200 kilómetros de carretera, junto con un equipo disparatado conformado por el trailero Gabriel(Joaquín Cosío); Atayde, un ex trabajador de circo (Silverio Palacios); Mario, un ex convicto (Gustavo Sánchez Parra); y Pablo, un silencioso muchacho de actitud serena (Américo Hollander). Cada miembro del grupo tiene sus propias metas de vida y personalidades perfectamente delineadas. Los 90 minutos que duran la película se esfuman sin problema, debido a que los parlamentos son chispeantes y tan vivos como las mejores conversaciones de la vida real, así como por la serie de complicaciones e incidentes a los que se tienen que enfrentar los personajes. La relación entre los cinco hombres es sumamente conmovedora y hay momentos de gran poesía humana. Es una película que se puede disfrutar en familia y una de las mejores muestras recientes de como hacer un drama mexicano de gran calidad en cuanto a dirección, guionismo, actuación y humanismo. (95 minutos, recomendado para 12 años en adelante)


2. Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge, 2016). El triunfal regreso de Mel Gibson en la silla del director después de diez años, Hasta el último hombre es la historia verdadera de Desmond Doss, un devoto adventista que enlistó como médico de combate durante la Segunda Guerra Mundial, rehusándose a entrenar en el manejo de las armas. Sus creencias no-violentas y su pacifismo devoto le ganaron la enemistad de sus camaradas y superiores, quien veían en el no solo a un cobarde, sino un punto débil al momento de defender a sus camaradas durante las batallas. Pero Doss demostró una valentía sobrehumana al salvarle la vida a más de 70 de sus camaradas (y algunos de sus enemigos) durante una feroz batalla en un acantilado cerca de Okinawa. Moviéndose entre los gentiles parajes de Virginia Occidental y la apocalíptica zona de guerra, la película retrata el poder que la violencia ejerce en el mundo, sea en la familia o entre los gobiernos, y como un solo individuo puede ejercer un cambio positivo a través de sus convicciones. Apoyado por un reparto sólido que incluye a Hugo Weaving, Teresa Palmer, Vince Vaughn, Sam Worthington y Rachel Griffiths, Andrew Garfield demostró ser uno de los mejores actores de su generación con está película y Silence. Y Gibson demuestra una vez más que es uno de los mejores directores activos, con su dominio del ritmo, encuadres y coreografías, y que nadie le supera en lo que se refiera a filmar historias sobre héroes cristianos en situaciones ultra-violentas.(139 minutos, Recomendado para 18 años en adelante)



3. The Witness. Impactante documental sobre uno de los asesinatos más infames de Estados Unidos. El brutal apuñalamiento de Kitty Genovese en Nueva York se volvió un caso conocido y estudiado en las universidades debido a que duró más de media hora en efectuarse (el agresor se detuvo por un momento, pensando que iba a ser delatado, pero volvió al percatarse de la falta de acción de vecinos y policías) y que tuvo lugar en medio de una calle habitada por docenas de personas, volviéndose un símbolo de la apatía citadina en general y neoyorkina en particular. Casi cincuenta años después, Bill Genovese comienza una investigación personal para confirmar (o destruir) la serie de mitos que se forjaron sobre esa noche, así como entablar una búsqueda para saber más sobre su querida hermana mayor, de quien aun desconoce muchas cosas sobre su vida. El documental contiene escenas de revelaciones y testimonios impactantes y una variedad de recursos diferentes (ilustraciones narradas, por ejemplo). Pero al final lo que cuenta es la imagen que aparece de Kitty, una mujer con una vida interesante pero enteramente opacada por sus trágicos últimos momentos, y un retrato sobre la obsesión y el dolor acarreados por Bill. La última media hora contiene momentos estremecedores que sacudieron mis emociones. (89 minutos, Recomendado para 15 años en adelante)






sábado, 15 de abril de 2017

Lo Que Pedro Infante Significa Para Mí





Crecí en un pueblo en donde las distinciones de época eran prácticamente invisibles. Aunque mi niñez transcurrió durante la década de los 90, la presencia constante y activa de personas de generaciones previas mantuvo su influencia sobre mi percepción de la vida. Aún vivían tres de mis cuatro bisabuelas, mujeres cálidas y de mentes despabiladas que nacieron en el transcurso de las primeras tres décadas del siglo XX. Fueron las últimas hijas del México revolucionario, y testigos del México en transición a la modernidad. Cuando íbamos a visitarlas a sus casas, me fascinaba tomar de su rico café con leche, comer galletas y tocar los muebles viejos de sus casas. Mis padres platicaban con ellas, usualmente las noticias recientes de la familia y de sus comunidades, pero también recordaban cosas que habían pasado hace muchos. Yo escuchaba todas estas conversaciones. Fusionadas dentro de una sola plática, en mi mente no existía diferencia entre nombres y sucesos que me resultaban familiares y los recuerdos de personas, momentos y lugares que nunca habría de conocer.

Fue gracias al cine mexicano que comencé a descubrir la diferencia. Aunque disfrutaba jugar solo en el patio de mi casa, prefería sentarme a ver la televisión, especialmente durante la mayoría de los días asoleados, calurosos y llenos de tierra que caracterizan la existencia de todos aquellos que crecimos en alguno de los desiertos de Sonora. Durante mi temprana infancia, solo tenía acceso a dos canales: Telemax y el Canal de las Estrellas (el Canal 5 eventualmente aparecería en la señal de antena). Con frecuencia, no había nada que ver, pero siempre había algo que capturaba mi atención. Indiscriminadamente veía de todo: programas educativos infantiles, documentales de ciencia filmados y narrados de manera seca, el programa de pintura con el pacífico Bob Ross (me llamó menos la atención su afro que el hecho de que se oía una voz en inglés debajo de la voz en español...pero su habilidad de pintar bellos paisajes en menos de media hora me impresionaron mucho, sobre todo porque me costaba trabajo trazar con crayones sin salirme de las líneas), un grupo selecto de caricaturas, las noticias, "Siempre en Domingo", las telenovelas...y más que nada películas. Telemax ofrecía una selección disparatada y variada de cine de arte europeo, películas estadounidenses de serie B y C, mini-series prestigiosas y alguno que otro éxito crítico y popular. Pero fue en el Canal de las Estrellas, principalmente durante los fines de semana, que me adentré a un mundo raro, que a la vez me resultaba familiar. En este mundo, todo era en blanco, negro y gris. Las personas vestían algo diferente a lo que acostumbraba ver: se usaban trajes con corbata, vestidos largos y entallados, trajes de charro o calzón de manta. Se paseaban más en caballos que en coches. Y los paisajes eran diferentes. A veces, parecía que vivían en un desierto similar al mío, pero en otras ocasiones parecía que tenían mas pasto y arboles. Solo así se podía explicar el hecho de que usaran toda esa ropa tan molesta, pues no debían de sentir el calor que normalmente sentía yo.

No podría nombrarles el título de alguna película en especial que recuerde de esas primeras experiencias, pero si les puedo decir que me llamaban más la atención las películas de rancho. Las películas de ciudad las aprendí a identificar rápidamente, porque eran las que más me aburrían. Casi todas las escenas tomaban lugar en habitaciones muy similares entre sí, con largas conversaciones, y desde chico me percaté de la existencia del ritmo narrativo. Además, las personas de ciudad siempre tenían problemas que se me hacían aburridos: se gustaban, pero por alguna razón u otra no podían juntarse como mamá y papá. En cambio, las películas de rancho me divertían mucho y tenían historias que entendía. Me gustaban los personajes de esas películas porque hacían y decían cosas muy chistosas, o eran muy valientes y buenos. Además, los escenarios se asemejaban a los pueblos que conocía  y me imaginaba que historias como esas podían pasar en esos lugares conocidos por mí...y tal vez habían pasado.

Con la costumbre y la familiarización, comencé a distinguir a los actores que aparecían en varias de las películas. Se volvieron conocidos míos y les tomé la misma estima que sentía por las personas que formaban parte de mi comunidad. En particular, había dos actores que sobresalían más que todos. Una era Sara García, la amorosa pero ruda abuelita que me recordaba en gesto, palabra y entonación a mis bisabuelas y abuelas. Verla en pantalla era divertido, porque era como verla imitar de manera exagerada a esas mujeres queridas. El otro actor era Pedro Infante.




No sé que factores me llevaron a admirarlo a él sobre todos los demás protagonistas de otras películas. No se si era algo en su semblante, siempre sonriente y siempre con las emociones a flor de piel, o en su forma tan clara de decir las cosas, o si era el hecho de que los personajes que interpretaba causaban un gran interés. Lo cierto es que al tiempo descubrí que si Pedro Infante salía en la película tenía que verlo. Cuando veía empezar una película en blanco y negro en la tele y él no aparecía sentía una gran decepción. En cambio, si veía su nombre en los créditos y cambiaba de canal y me topaba con algunas de sus escenas, me quedaba viendo sus películas. Recuerdo fragmentos de escenas: su sobrecogedora crisis emocional cuando se encierra en un cuarto con el cadáver incendiado de su hijo "Torito" en Ustedes los Ricos quedó cincelada para siempre en mi mente. Ese momento cumbre de la cinematografía mexicana cuando recuerda a Torito en flashbacks que se sobre imponen en el presente, mientras ríe recordando las travesuras y payasadas del pequeño, solo para transformar sus carcajadas en un llanto animal y enloquecido es una de las representaciones más desnudas y brutales que he visto del impacto mortal de una tragedia en la vida de un hombre. Ver a un adulto llorar de tal manera, enloquecida y sin atavismos, me impactó. En  mis tiernos añitos aún no terminaba por distinguir entre "actor" y "personaje"; aún veía películas pensando que estaba viendo una realidad, un documental de algún suceso extraordinario que había ocurrido en lugares lejanos al mío. Pero Pedro Infante fue uno de mis primeros instructores en diferenciar realidad y ficción. Y más impresionante fue reconocer que alguien pudiera llegar a "jugar" (porque para mí, y creo que muchos, la actuación esencialmente es un juego) a que es un hombre que sufre de una manera tan brutal.

Recuerdo más vívidamente  cuando, estando en casa, mi mamá y sus hermanos prendieron la tele para ver una película que a todos les llamaba la atención: Los Tres García. García es la familia de mi madre, la cual consta de tres hermanas y tres hermanos. Naturalmente, la diversión de todos al ver la película era asignarle un personaje de entre los tres primos de la película a uno de los hermanos de mi madre. Uno tenía que ser el García rico y refinado, con aires de arrogancia, interpretado por Víctor Manuel Mendoza (ese lo asignaron a mi tío mayor). Otro tenía que ser el primo pobre pero honrado, de carácter mercurial, interpretado por Abel Salazar (por default, ese tenía que ser mi tío más joven, el único lampiño de los tres, como Abel Salazar, pero sin el temperamento peleonero). El primo parrandero, mujeriego, carismático y borracho interpretado por Pedro Infante recayó en el hermano de en medio, quien compartía con él su gran facilidad para los chistes y la simpatía de las personas, además de un fino bigote.

La película es sumamente divertida. Los tres primos parecen tenerse un odio extraordinario que solo es frenado por las amonestaciones de su abuelita (Sara García, claro) y por el sacerdote de su pueblo. Pero sus choques se acrecientan con la llegada de su güerita prima México-americana (Marga López, uno de mis primeros crushes del cine clásico mexicano) por la que los tres compiten. Para acabarla de amolar, tienen como enemigos jurados a los tres hermanos López, matones despiadados. La forma en la que está historia es contada se hace con un agilidad e ingenio cómico visual que a veces parece anticipar los aspectos juguetones de las nuevas olas de cine, todo cortesía de Ismael Rodríguez, hombre importante en la vida de Infante y la mía que merece ser mencionado aparte. Cuando terminamos de ver la película, los comerciales anunciaban una secuela Vuelven los García, en donde la abuelita es herida de un balazo por otro de los López en una escena trágica. Aunque no pierde el toque humorístico de la primera parte, Vuelven los García es más triste, pues la muerte de la abuela envuelve de tristeza a toda la película y lleva a que el personaje de Pedro se pierde en el alcohol y la ira. La escena del entierro, cuando los tres primos cantan "Mi cariñito" al ataúd de su abuela mientras desciende en la fosa, me arranca lágrimas hasta estos días.

Comparto esta anécdota en particular porque, además de ilustrar la estrecha relación que el cine puede tener para retratar y explicar nuestras vidas y sentimientos, ejemplifica una de las razones por las que Pedro Infante pervive no solo en mi memoria, sino en el corazón de varias generaciones que no nacían cuando murió hace 60 años. Su registro actoral a lo largo de 60 películas es impresionante, no solo en cuanto al "tipo" variado de papeles que asumía (carpintero, bandido, soldado patriota, criminal de carrera, oficial de la ley, heredero de una familia de abolengo, obrero urbano, ranchero trabajador, vagabundo, sacerdote, compositor renombrado, alcohólico sin oficio ni beneficio, maestro de historia, etcétera...mestizo, criollo, indígena, mulato,  español...norteño, sureño, defeño, sinaloense, regiomontano, tapatío, jarocho, chilango, y más etcéteras) No había acento regional que no manejara hábilmente, o estrato social y profesional con el que no se moviera con facilidad. Esta habilidad camaleónica de ajustarse naturalmente en todos estos ámbitos es rara en nuestro país debido a lo anquilosado de nuestro paisaje socio-económico, y difícil para muchos actores que solo manejaban, a lo mucho, dos tipos. No así con Pedro. Su maleabilidad iba más allá, asumiendo todos los roles masculinos de nuestra sociedad: padre, hijo, hermano, sobrino,  tío, primo,  padrino, ahijado, cuñado, esposo, novio, amante, pretendiente, amigo, compadre, maestro, estudiante, compañero y líder. Que se diga de los géneros: comedia, melodrama, biografía, histórica...

¿Que alquimia poseía Pedro Infante? Nacido en un pueblo en los alrededores de Mazatlán, el 18 de Noviembre de 1917, tuvo poca instrucción básica y nula instrucción profesional. No estudió actuación en escuela de artes escénicas. Su extraordinaria voz no fue afinada en conservatorios ni academias. De extracción humilde en uno de los estados más agrestes y semi-abandonados del centralismo mexicano, llegó a la capital con su primer esposa, poco a poco accedió a mejores papeles y oportunidades musicales. Su camino no fue fácil. Llegó a la Ciudad de México a finales de los 30, tuvo su primer protagónico en 1943 y finalmente despegó (actoral y musicalmente) a mediados de los 40. Pero vaya despegue. Trabajó con buena parte de los directores más notables de la época (Rodríguez, Emilio Fernández, Rogelio González, Miguel Zacarías, René Cardona, entre otros) y compartió escenas con divas, divos y actores veteranos, inclusive algunos que lo intimidaban al principio (tuvo mucha reticencia en actuar con Sara García o Fernando Soler, porque respetaba mucho su talento y se consideraba poca cosa como compañero). Sin embargo, estos actores terminaron siendo sus maestros y cómplices. El carisma innato de Infante, su capacidad de memorización y la manera natural con la que matizaba sus diálogos y canciones con diferentes emociones lograron hacerlo una estrella. Combinado a esto, en su vida pública mantuvo una imagen de humildad y agradecimiento frente al público y sus colegas, además de impulsar uno de los primeros movimientos de vida sana a través del deporte y el fisiculturismo.




Mucho he hablado de Infante Actor, y poco de Infante Cantante. Poco después de ver las películas de Los Tres García, y Los Tres Huastecos (mi favorita de sus películas, parcialmente por lo fascinante que resulta verlo actuar en partida triple con personajes tan disimiles) me topé con un casete de éxitos al cuál prontamente y sin piedad escuché hasta el cansancio. Tenía mis favoritas que siempre rebobinaba. Desde chico, me había llamado la atención la música de "antes" por el sonido de los instrumentos, la belleza de los arreglos, lo bonito que sonaban las letras y las voces que las cantaban. Cuando escuchaba a Pedro cantar, estas sensaciones se incrementaban debido a un elemento particular de su voz que le ayudo mucho en sus actuaciones: podía interpretar cada palabra con tonalidades variadas. Su registro vocal era muy bueno y su voz tenía una suavidad muy placentera, pero el chiste es escuchar como se ingenia para ir del desprecio más oscuro hasta la tristeza más profunda (y vice versa) en "Fallaste Corazón", o como pinta con picardía y humor contagioso los estrafalarios eventos de "La Tertulia", como demuestra el amor y cariño más desnudos y puros en "Amorcito corazón", "Mi cariñito", "Despacito" o "Cien años". Estira las vocales juguetonamente, dice palabras como "vitrola" con suspiros sensuales y susurra declaraciones de lealtad eterna con una convicción que casi todos hombre carece.

Con todos estos elementos logró conquistar el corazón de tatarabuelas, bisabuelas y abuelas, y logró el respeto y admiración de tatarabuelos, bisabuelos y abuelos. Las mujeres lo querían y los hombres querían ser él. Ese culto a Pedro sobrevivió al mismo hombre. Cuando descubrí las trágicas circunstancias de su muerte (a los 40 años cerrados, cayendo del cielo), sentí mucha tristeza. Pero más me impresionó como alcanzó la inmortalidad de manera instantánea. Su funeral es uno de los más grandes en la historia del país, y fue llorado por millones. Y sin embargo, corrían los rumores de que "Pedro Infante no ha muerto". Como el Rey Arturo y otros héroes legendarios de naciones europeas, México tuvo su propio héroe inmortal, alguien que no había muerto en las circunstancias que se decía y que andaba por ahí (según los rumores y las historietas) vagando por el mundo, apareciéndose esporádicamente en taquerías y teatros, como si esperara el momento justo para regresar y restaurar la paz y el orden a la nación.

La leyenda de Pedro Infante es la razón de su trascendencia. Cuando vivía, no había papel o género musical que no dominara. Por eso, cada espectador tiene películas y canciones de donde escoger como predilectas. Y aunque pertenece a una época diferente a la nuestra con todo y las diferencias sociales, parece que varios aspectos de su persona pertenecen a la nuestra. Sí, personificaba al ideal masculino mexicano tradicional, peleonero, mujeriego y patriarcal, pero al mismo tiempo interpretó a personajes que ponían en tela de juicio algunos de estos valores (véase "La oveja negra" y "No desearas la mujer de tu hijo") y se permitía hasta jugar con guiños cordiales sobre su propia identidad masculina (véanse "A Toda Máquina", "¿Que te ha dado esa mujer?" y "Pablo y Carolina"). Es protector y proveedor, sí, pero también es pícaro y payaso. Los cambios generacionales solo ayudan a enfatizar ciertos elementos. Los jóvenes ven en Pedro un reflejo de sus abuelos y padres, pero también reflejos de ellos mismos como hijos, amantes y trabajadores.

Con Pedro conocí muchas cosas. Tuve mis primeras educaciones sentimentales gracias a sus canciones y a sus películas. Con él comprendí y me enamoré del pasado no tan lejano que le tocó vivir a mis padres y abuelos. Gracias a él, conocí nuevas causas para amar a mi país y más veredas para tratar de conocerlo. Gracias a él, tengo un héroe norteño-sinaloense a quien admirar. Gracias a él, aprendí que para ser hombre es necesario ser valiente, trabajador y derecho, pero sin dejar a un lado la ética, la lealtad, el sentido común, el honor y hasta la actitud infántil y alegre. Pedro, más que muchos, es un referente de vida, trabajo y pasión que siempre tengo presente.


Y si vivimos cien años, cien años pensaremos en él.


jueves, 5 de mayo de 2016

Llámenme Mike: El Quijote Triunfante

A manera de inauguración del blog, les comparto la crítica que me consiguió un puesto entre los diez finalistas del III Curso de Crítica Cinematográfica (2016) convocado por IMCINE, la Cineteca Nacional, Corre Cámara y FilmInLatino. Teníamos que escoger una película entre una selección curada por FilmInLatino y elaborar una crítica. Con lecturas de Dashiell Hammett y Raymond Chandler frescas en mi cabeza (el seudónimo que escogí fue Terry Lennox, uno de los protagonistas de El largo adios de Chandler), me aventuré a rendirle homenaje a una de mis películas mexicanas favoritas (protagonizada por Alejandro Parodi, uno de los grandes regalos de Sonora para el mundo) y descubrir la relación entre la tradición novelesca de los detectives hardboiled y esta delirante historia sobre un judicial quijotesco. Espero que disfruten la reseña y, mejor aún, la película. (Advertencia: algunos spoilers ligeros).  





En México, país donde las instituciones legales y corporaciones policiacas no cumplen con sus propósitos y en ocasiones empeoran la situación de los ciudadanos a los que deben de salvaguardar, el género policiaco no se manifiesta de la misma forma como lo hace en países con sistemas judiciales mas efectivos. Un héroe policiaco mexicano que cumple con el “debido proceso” y es un honesto servidor público solo es verosímil para la mayoría si es presentado de manera estrafalaria o como farsa. Como ejemplo de “lo estrafalario” contamos con las películas de acción de los ochenta. En cuanto a la farsa, tenemos a Llámenme Mike. Escrita por Reyes Bercini y Jorge Patiño y dirigida por Alfredo Gurrola (quién años después dirigiría las primeras dos adaptaciones fílmicas de las aventuras del detective privado mexicano Héctor Belascoarán Shayne), Llámenme Mike es una mordaz parodia de la novelas de detectives estadounidense y de la realidad socio-cultural del México de los setenta.

Miguel Contreras (Alejandro Parodi, cuyo apellido no podría ser mas fortuito) es un agente judicial gris y taciturno que pertenece a un grupo policiaco corrupto liderado por el capitán O’Hara (Victor Alcocer) y al que también pertenecen Domínguez (Carlos Cardán) y Villegas (Leonardo Trebole). Entre sus hazañas se encuentra la ejecución de un operativo contra traficantes de cocaína en donde roban dos kilos del producto. Solo reportan algunos gramos empaquetados a su perpetuamente iracundo superior, el comandante Ornelas (José Najera), quien furiosamente amenaza con dar de baja a todo el equipo si no se reporta la cocaína restante y al responsable de haberla hurtado. O’Hara decide “pasarle la cuenta” a Miguel (quien se toma esta frase de manera literal, algo muy de acorde con su personalidad) por todos los favores que le ha hecho, y este es escogido como el chivo expiatorio. O’Hara le asegura que solo tendrá que purgar algunos meses en la cárcel y que al salir será reincorporado en las filas de la ley. Miguel acepta los argumentos de su superior y empaca algunos libros de su nada despreciable colección de novelas “hardboiled”, específicamente las obras de Mickey Spillane y su protagonista, el hiper-duro detective privado Mike Hammer. Miguel va a la cárcel como si fuera un retiro monástico, pero sus vacaciones duran poco cuando es confrontado por un grupo de reos a los que él ayudó a arrestar y calentar. Después de abrirle la cabeza a golpes, el cerebro de Miguel es operado en una escena médica. Tras un acercamiento a su cerebro palpitante escuchamos una voz en off de tono rudo y determinado que despotrica contra la amenaza de los “Rojos” y sus intentos por destruir los valores de la Democracia Occidental. Miguel Contreras ya no existe. Llámenle Mike.

Como resultado de sus lecturas, Miguel corre la misma suerte que don Quijote, solo que su transformación se debe a la ruptura de sus sesos y no a su sequedad. Los caballeros andantes medievales son remplazados por los detectives privados, quienes cumplen la misma función que los caballeros de antaño, solo que ahora con gabardinas en vez de armaduras. Pero el héroe predilecto de Miguel no es Sam Spade o el operador Continental de Dashiell Hammett ni el Phillip Marlowe de Raymond Chandler. Si Marlowe era un “caballero de armadura oxidada”, Mike Hammer era Conan el Bárbaro pero más salvaje. Marlowe y los detectives de Hammett dependían más en astucia, improvisación e ingenio para resolver sus casos; Hammer era partidario de su cuarenta y cinco y de sus puños. Era común que le propinara un puñetazo en el estomago o golpes en los testículos a algún sospechoso o matón y que este terminara vomitando y retorciéndose en el suelo. Y mientras que en la novela negra tradicional inaugurada por Hammett y Chandler el declive moral es síntoma de la degradación que pulula debajo de la sociedad en la que se desenvuelve Hammer se debe a la decadencia intrínseca de ciertos grupos sociales indeseables: criminales cuya criminalidad se debe a su maldad inherente, no necesariamente a circunstancias socioeconómicas; homosexuales que usualmente también son travestis ya que los matices y diferenciaciones no existen para la perspectiva heterosexual extrema de Hammer; y, naturalmente, los “rojos”, a los que Hammer siempre mira con desdén.



Al despertar de su coma, “Mike” huye del asilo psiquiátrico acompañado por Rene (Patiño), quien habla en términos de evangelista apocalíptico. Causan un incendio en donde mueren nueve pacientes y atropellan a un anciano con su ambulancia. Estas escenas dicen mucho: La violencia y la muerte son presencias constantes en este ambiente degradado (en una escena, los compañeros de Mike ignoran a un hombre que es asaltado y golpeado afuera del restaurante donde se encuentran)  y Mike y los judiciales “atropellan” tanto a civiles como a sospechosos en el “cumplimiento” de su deber. Pero la diferencia es que Mike es purificado por su fanatismo reaccionario. Honrado e incorruptible, no es un investigador privado sino un autoproclamado justiciero anónimo (homologo, entonces, de otra clase de anti-héroe, usualmente interpretado por Charles Bronson) y tal como don Quijote y sus molinos, su visión transforma a tiradores de poca monta en achichincles del comunismo. Traduce conceptos y apodos en inglés y al presenciar a una cantante de mariachi en un tugurio se queja de la pérdida de los valores estadounidenses debido a la compenetración cultural de lo “latino”, uno de los comentarios satíricos más agudos de una película sobre un judicial mexicano poseído por el espíritu de un detective gringo McCarthysta.

De izquierda a derecha: Victor Alcocer, Sasha Montenegro, Alejandro Parodi yAlfredo Gurrola, en un rato agradable en el set.
Si el mundo de Mike es reflejo crudo de la realidad del México lopezportillense, la agria medicina es suavizada por el uso de arquetipos y personajes caricaturizados. Sasha Montenegro es una versión en carne y hueso de las exuberantes damas que aparecen en las portadas de los “pulp fiction”. Delia Magaña y “El Chicote” tienen actuaciones especiales, ecos débiles de una época más idealizada. Aparecen en escena yonquis neuróticos que distribuyen drogas en restaurantes chinos, una novia de gánsteres que permanece impávida ante redadas y tiroteos pero enloquece cuando se le arranca su peluca rubia y un narcotraficante que trata de escapar en una persecución automovilística pero que es detenido por un típico embotellamiento capitalino. El mundo de fantasía de Mike eventualmente es reivindicado cuando se encuentra con el jefe de los “Rojos” (Juan José Gurrola) en una agencia de publicidad donde ya se tienen “controlados” la televisión, el cine y la radio.

O’Hara protesta el hecho de que se permita que el “tocado” de Mike ande suelto por las calles, pero el comandante Ornelas (quien depende de pastillas para poder controlar su presión y su ira) le muestra su ventana y le pide que mire la ciudad. El mensaje es claro: solo alguien que esté completamente divorciado de la realidad puede ser un agente de la ley tan efectivo e intachable como Mike. El mundo actual es aún más cínico que el de Cervantes, pero el cinismo de Mike tiene una base ideológica que le permite ejercer el monopolio de la violencia contra los “indeseables” indicados. La narración final y la última mirada de Parodi lo resume todo: la respuesta a un sistema judicial corrupto e incompetente es la competencia fanática del fascismo. Con todo y risas, es una conclusión que de oscura no le pide nada al género que parodia.



DISPONIBILIDAD: Llámenme Mike está disponible para verse gratis y en streaming en FilmInLatino. Se puede comprar en DVD en el Péndulo  o en Amazon.

Más detalles: IMDB